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Sharenting

Una de las primeras palabras que les enseñamos a nuestros hijos y que con mayor frecuencia escuchamos en el jardín es “compartir”. De hecho, ellos mismos acusan a otros niños cuando no consiguen lo que buscan, que el otro tiene que COMPARTIR. Es más, diversos estudios señalan que uno de los aspectos centrales en la formación de los niños es el aprender a compartir. ¿Pero se sabe por qué?

Por Daniel Halpern. PhD en Information and Communication Sciences. Profesor de la Facultad de Comunicaciones y del MBA en la Pontificia Universidad Católica de Chile, director del think tank TrenDigital y EducomLab.

Porque todos hemos visto, como padres o educadores, que los niños que mejor juegan y se relacionan con los demás son aquellos capaces de ceder y darle prioridad al interés del otro, sobre todo si ello implica sobreponerse al deseo de ocupar todo el tiempo un mismo juguete. Los niños que siempre quieren ser “el doctor”, el “papá” o la “mamá” en los juegos de rol, y nunca le dan la oportunidad a los demás, terminan siendo los conflictivos del grupo o con los que nadie se quiere relacionar.

De lo anterior se desprende la relevancia del “compartir” y describe la forma con que tradicionalmente los padres les enseñaban este verbo a sus hijos. Hoy, sin embargo, se ha hecho habitual una práctica llamada “sharenting”, que es un concepto que mezcla la palabra share (compartir) con parenting (paternidad) en que los padres comparten las actividades de sus hijos a través de fotos o videos en las redes sociales: los primeros pasos, las risas de inocencia, el vestido de marinerito, el primer baño o las palabras que no pueden pronunciar. Todo es compartible.

¿Qué han dicho los expertos sobre esta práctica? Han advertido sobre dos tipos de riesgos a los que puede exponerse una familia que “comparte” su vida en el mundo digital. El primero es que terceros pueden hacer un uso inapropiado de ese material y causar daño con la intimidad que éste presenta. Y el segundo es que a futuro los propios niños a los que se expone puedan ser víctimas de bullying cuando sus compañeros utilicen esas imágenes para burlarse.

Pero independiente del riesgo externo que advierten los especialistas, nosotros creemos que el principal problema de esta práctica es el mensaje que le estamos dando a nuestros hijos. Es que a diferencia del compartir offline, el sharenting no le enseña a los niños a sobreponerse a los intereses personales para darle prioridad a los del otro… todo lo contrario: muestra con el ejemplo que ellos deben proyectarse para que el resto los vea y pasar a ser el centro de lo que suceda en nuestras vidas.

Además, atenta contra la actividad principal, ya que necesariamente implica interrumpir lo que estamos haciendo para focalizarnos en el compartirlo posteriormente con los demás. Una vez que uno empieza a fotografiar o grabar las experiencias o actividades que realiza, el interés del niño pasa automáticamente a ser el ver las imágenes del teléfono.

Dos ideas centrales. La primera es cuestionarnos si frente a una actividad que estamos disfrutando con nuestros hijos realmente queremos cambiar el foco de atención por la pantalla del teléfono. Y la segunda es recordar cómo nos sentíamos nosotros cuando llevábamos a nuestro(a)s pololo(a)s a la casa y los papás nos avergonzaban con fotos de chicos. Y recordarla bien, porque esa sensación es la que tendrán probablemente nuestros hijos, pero ahora amplificada porque no solo la estará viendo la pareja, sino que todo aquel que tenga una cuenta en una red social.