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El secreto para la felicidad en una era digital: Menos “Face” y más “Book”

Hablar de tecnología hoy es hablar de control. Porque si hay algo que entregan las plataformas es la sensación de poder que nos da el controlar lo que hacemos: Uber, Beat o Didi nos dice exactamente a qué hora salir –no vaya a ser que esperemos un minuto afuera el auto-, con quién ir -decido mi conductor en función de la evaluación-, el tiempo que va a demorar, el precio que va a costar, por dónde se va a ir y después incluso “evaluar” a quien nos brindó el servicio si no nos gustó. Lo mismo sucede con WhatsApp, que permite controlar a quién le hablamos, cómo lo hacemos y cuándo respondemos. 

En los adolescentes esta sensación de control es aún más fuerte con la gestión de la imagen, lo que se conoce como “face management”. Antes las personas podían arreglarse un poco para mostrar su “mejor cara”, pero obviamente limitados por las características propias de sus rasgos personales. Sin embargo, hoy todo aquel que tiene un perfil en una red social puede escoger exactamente cómo quiere ser visto por los demás, lo que ha llevado a la Cultura de la Selfie, en que las personas seleccionan su mejor ángulo para mostrarse solo a través de la perspectiva con que quieren ser vistos por el resto de los usuarios. Es más, es tan fuerte el deseo por proyectar una imagen perfecta en la red social, que muchos jóvenes hoy actúan offline en función de las actividades online que después vale la pena mostrar. Es decir, el “compartir” online dictamina el “vivir” offline. Comparto, y luego existo.

Lo interesante es que se podría pensar que mientras más imágenes veo y comparto, mayor debiera ser mi grado de felicidad con mi cuerpo. Sin embargo, diversas investigaciones han demostrado que los adolescentes que más se exponen y comparten imágenes en plataformas como Instagram, menos satisfechos están con su apariencia y más posibilidades tienen de practicarse cirugía estética para modificarla. Al parecer, estos estudios mostrarían que frente a una inseguridad interior buscamos “controlar” nuestro exterior.

En los niños el control se ve reflejado en el juego y en sus relaciones sociales. Piense por ejemplo en los juegos de rol clásicos, como el papá, la mamá o el doctor. Los niños con los que nadie quiere jugar son aquellos que siempre quieren ser el mismo personaje porque no están dispuestos a ceder frente a los demás. Y justamente, es en estos juegos que los niños aprenden a “compartir” al verse obligados a negociar para poder jugar. En los juegos online, en cambio, no existe el ceder. Todo es control. Yo decido quién soy, cuánto jugar, con quién hacerlo y cómo lo hago, ya que es tan grande el mercado, que siempre puedo encontrar a alguien que me permita ser quien quiero yo ser. No existe además el “game over”: puedo jugar por horas porque siempre hay una etapa o nivel más por realizar.

¿Cuál es la paradoja más grande que como investigador me ha tocado observar? Que los únicos estudios longitudinales que han contrastado los cerebros en niños para medir el impacto del video juego a lo largo del tiempo, señalan que aquellos jóvenes que pasan más de seis horas diarias jugando, muestran un aumento en la coordinación de dos regiones cerebrales, la corteza prefontal con la unión temporoparietal, las mismas asociaciones que presentan las personas con mayor incapacidad para regularse y controlar sus impulsos. Sí, leyó bien: el buscar ejercer el control online te inhabilita para regularte offline.

Pero hay una paradoja más. Nunca antes habíamos vivido en una sociedad físicamente tan segura, pero tan débil psicológicamente como la actual. Sabemos que cualquier exceso familiar, laboral o social llega hoy a tribunales. La pregunta es: si vivimos más protegidos, ¿Por qué el suicidio en adolescentes sube cada año más? ¿Por qué la depresión ha aumentado un 100% en adolescentes desde que las pantallas gobiernan nuestras vidas? Mi impresión es que de nada sirve reducir las amenazas externas si no aumentamos la seguridad interior. Cuando el resto controla el cómo nos vemos por los “likes” que recibimos, aumenta nuestra ansiedad y nos sentimos vulnerables, por más protegidos que externamente podamos estar.

El mensaje es claro, duro y potente. De la misma forma como la personas que carecen de un like en el mundo offline intentan satisfacerlas con un “me gusta” en el mundo online, nuestras inseguridades –en todas las edades y situaciones- aumentan nuestra necesidad por controlar lo que nos causa incomodidad. La paradoja es que mientras más intentamos estar en “control” de nuestro mundo exterior, más alterada se ve nuestra realidad interior, porque esa necesidad, finalmente, refleja lo que internamente nos molesta para actuar.

Queridos papás, queridas mamás: pronto comenzarán a subir las temperaturas y luego llegará el verano. Reforcemos la “identidad” de nuestros hijos, el cómo ellos se ven, para que no tengan que gestionar su “imagen” y modificar cómo el resto los va a mirar. Para que tengan finalmente un verano más significativo, de ese que se logra con más “book” y menos “face”.